Mauricio Vélez

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El cuerpo como un lienzo

El cuerpo como un lienzo

El antioqueño Mauricio vélez es uno de los fotógrafos colombianos más reconocidos dentro y fuera del país. Su cámara ha registrado todo un universo de personajes para las portadas de las más  restigiosas publicaciones. Ahora presenta su primera gran exposición en Medellín, y el tema central se apoya en estacados pintores nacionales que crearon sus obras sobre la piel de famosos y desconocidos. Adelanto exclusivo.

La mujer que trata de mover una enorme roca marina con toda la fuerza de su cuerpo desnudo. Esa otra mujer también desnuda con alas de ángel que emprende un vuelo nupcial. El rostro burlón del diablo en la norme dimensión de un espléndido trasero femenino. Un feto esculpido en la superficie del vientre infinito de una mujer no poseída y aquel San Sebastián desnudo que se arquea bajo el deseo de una mancha roja en su hombro.

Es el cuerpo como lienzo. Es la cámara que atrapa todos los ángeles y demonios, todo el bien y el mal, que yacen en todo cuerpo humano, de hombre o de mujer. Es el encuentro entre un puñado de pintores y un fotógrafo para hacer realidad en el arte visual aquello que expresara como nadie en la poesía el gran español Miguel Hernández: el destino de todo cuerpo es otro cuerpo. Y sobre esos cuerpos toda la historia espiritual humana de Occidente, todo el devenir del génesis, la imagen de la creación, el gozo y la culpa de Adán y Eva… Pero es la historia contada no antes sino después del suceso de la tentación, el cuerpo como masa y no como figura, la profecía incumplida del Edén, la desdicha del pecado original, primero, y después la travesía sin freno a través del erotismo, de la sexualidad, el desasosiego del alma y la explosión del deseo…

Sobre esos cuerpos que son un lienzo o un espejo donde se reflejan todas las pasiones del ser humano, Mauricio Vélez trabajó más de cien fotografías de gran tamaño que constituyen su primera gran exposición y que serán exhibidas a partir del próximo 17 de febrero como telón de fondo para la  inauguración del hotel The Charlee en Medellín, que es desde ya uno de los hoteles de mayor dimensión estética del país.

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Sobre la piel del hombre o la mujer emergió una obra de arte que nació para morir casi en el mismo momento de su creación.

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Mauricio Vélez

Como centro de esas fotos está la creación de un puñado de pintores colombianos, clásicos y jóvenes, que atraparon en el aire la intención del fotógrafo. Manzur, Jacanamijoy, Ortiz, Venus White, Eivar Moya, Efraín Zúñiga, entre otros, pintaron sobre esos lienzos de cuerpo, de hombre o de mujer, toda la parábola de lo claro y lo oscuro que nos atraviesa el cuerpo y el alma.

Y de ese lienzo vivo se pasó a la fotografía de gran formato. Entonces en un nuevo panorama artístico nacional e internacional donde la gran fotografía ha alcanzado la dimensión y el precio de la gran pintura, esta exposición de Mauricio Vélez se entrega como una genuina obra de arte en su conjunto y en cada perfil de sus detalles.

La foto del hombre

Cada vida humana cabe en una fotografía. La foto de la existencia de Mauricio Vélez parte de Bello, Antioquia, y pasa por Cartagena, Cali, Bogotá, Milán, Londres y Nueva York. Como le sucede a medio país, hijo mayor en una familia numerosa abandonada por su padre, de niño se puso una máscara del Santo y vendió chucherías en las discotecas de Medellín. Después también fue niño en los arrabales de Getsemaní en Cartagena y les hacía mandados a las pamplemusas y suripantas del mejor burdel de Chambacú. A los siete años una de ellas, Maribell, la más bella de todas, se lo llevó al lecho para ganarse una apuesta con unos marineros de paso. Pero sobre todo creció en Cartagena viviendo en una especie de inquilinato mágico, una bodega de piezas de barco, que lo hicieron soñar con viajes y ciudades remotas.

Después se fue a vivir con una hermana en Riosucio y Anserma y a los trece años tomó una cámara prestada y retrató primero a un joven hermoso que se iba de modelo al Japón y después, una por una, a las 300 niñas vírgenes que hacían un domingo la primera comunión. Fueron fotos extrañas, profundas, como si les hubiera retratado también el alma. Entonces se fue para Medellín a estudiar fotografía y allí lo atrapó el extravío millonario del narcotráfico de los años ochenta. Retrató desde los Ochoa y Pablo Escobar y sus familias hasta todas las señoras y las muchachas bonitas de la más recatada sociedad antioqueña. Cuando terminó se fue para Cali y también hizo allí lo mismo, y con el Cartel y la sociedad local ganó tanto dinero en aquellos años locos cuando todavía no habían empezado los tiros de los narcotraficantes y todo el país negociaba felizmente con ellos, que antes de los 20 años ya tenía un Porsche, una finca en el Valle y una cuadra de caballos. La clave de su éxito fue el glamour de sus fotos, que alcanzaba con una espectacular producción de luces y sombras y maquilladores profesionales. El resto era su excepcional ojo avizor en el sublime instante del clic en la cámara. El resultado, el cuerpo como expresión sublime, emergiendo como foco de luz que se fuga de las sombras, como en los cuadros de Rembrandt.

Pero cuando se pusieron las cosas feas, antes que empezaran los disparos, vendió todo, desde obras de arte hasta la cuadra de caballos, y se vino para Bogotá primero, donde revolucionó el concepto de las portadas de todas las revistas y después se fue para Milán. Allí trabajó gratis como asistente de grandes fotógrafos como Bob Kreger, Giovanny Castell y Oliverio Toscani,  el fotógrafo de las famosas vallas de Benetton. Recorrió toda Europa, retratando a la más alta sociedad y farándula, como Berlusconi, Agnelli, Ferrer, Versace… Se gastó en ese aprendizaje absolutamente todo lo que se había ganado en Medellín y Cali.

Regresó a Colombia y empezó su historia como el fotógrafo estrella de las mejores publicaciones, de los más sofisticados catálogos de moda, y sobre todo el fotógrafo más cercano y el hombre más íntimo de las mujeres más bellas de Colombia y Latinoamérica. Después de dos años de estudio en Londres y una larga estadía de estudio y trabajo en Nueva York y de repente, porque la vida es como una estrella fugaz, la madurez del fotógrafo y artista que al filo del demonio de los cuarenta años parece ya haberlo visto y retratado todo. Y entonces…


El destino del cuerpo

Todo, desde los indigentes de Nueva York, los desplazados del Valle, los abandonados del Chocó, todos los condenados de la Tierra, hasta las mujeres más bellas, aquellas que son tan bellas que parece que no existieran, mujeres imposibles que flotan en un mundo de oro y de cartón. Poderosos y excluidos por la fortuna y la belleza, la grandeza y la miseria, todo un mundo atrapado en la cámara de Mauricio Vélez y elevado a la categoría del arte visual.
Entonces después de haberlo visto y retratado todo, de atrapar la realidad de crueldad o belleza evidente, Mauricio Vélez emprendió su viaje por el cuerpo, una travesía por aquella geografía de pequeñas y suaves colinas, de cavidades y abismos, de tremedales, de zonas oscuras y valles y llanuras de luz. El cuerpo como el mapa donde cabe todo el bien y el mal del ser humano. Decidió entonces que la superficie imprevisible de ese cuerpo fuera un lienzo y convocó a varios pintores de Colombia para que dejaran allí la huella de la saga  inmaterial de la historia humana. Sobre la piel del hombre o la mujer emergió una obra de arte que nació para morir casi en el mismo momento de su creación.

Una pintura efímera, que vivió en aquel momento de la

Obra de Darío Ortiz

Obra de Darío Ortiz

creación, de minutos u horas, que fue eternizada en toda su dimensión por la cámara del fotógrafo, para después desaparecer bajo el rumor de las aguas. Como la breve belleza de un crepúsculo, como el instante en que un cuerpo desnudo se funde en las sombras. Los cuerpos sudorosos de trabajo o de pasión que son la impronta que deja Mauricio Vélez para el futuro memorioso de la fotografía colombiana. Mauricio Vélez, que representa lo mejor del ingenio en la aventura vital y artística del hombre colombiano. El mismo que de niño deambuló por la noche de Medellín enmascarado como el Santo pero que ahora duerme junto a una mujer imposible por lo hermosa y a un libro que pesa tres arrobas y que cuesta 30 mil dólares, el gran libro del fotógrafo Helmut Newton, el más grande de todos los fotógrafos y que retrató también la geografía y el destino de todos los cuerpos humanos del mundo.

Por German Santamaria, Enero 2011.

Fotografías Por Mauricio vélez

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